Apenas sé por qué la historia vigila como centinela inexpugnable los itinerarios de un agravio. Apenas sé por qué la moral señala con el dedo índice extendido y es siempre más sencillo para resolver un caso buscar a un culpable. Es todo un ejercicio de síntesis. Es preferible limpiar la conciencia a limpiar la casa. E inventar alguna mentira útil, de esas, que sirva para dar una lección al atrevido, un castigo ejemplar al osado y de paso construir la ventaja, tan necesaria, del señor pequeño que para sentirse cómodo, se coloca alzas en los zapatos. Los itinerarios de un agravio no vienen en un mapa de esos que se encuentran en las bibliotecas, aunque en sus rincones existan nombres propios que traen el funesto recuerdo, el testimonio de alguna batalla. Al agraviado le acompañan algunos simpatizantes, camaradas que le dan la mano, le salen al paso, aplauden sus gestos, su castigo al poeta y se preguntan: ¿Qué se habrá creído? Y vocean al uníso...
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